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(Atribuida
a Moses Maimónides, médico judío, nacido
en Córdoba. Se supone que fue escrita por un médico
alemán, Marcus Herz, que la publicó en 1793
como "Oración diaria de un médico antes
de salir a visitar a sus enfermos. Según un manuscrito
en hebreo, de un famoso médico judío del siglo
XII, que trabajó en Egipto)
Dios Todopoderoso, Tú has creado el cuerpo humano con
infinita sabiduría. Tú has combinado en él
diez mil veces, diez mil órganos, que actúan
sin cesar y armoniosamente para preservar el todo en su belleza:
el cuerpo que es envoltura del alma inmortal. Trabajan continuamente
en perfecto orden, acuerdo y dependencia. Sin embargo, cuando
la fragilidad de la materia o las pasiones del alma trastornan
ese orden o interrumpen esa armonía, entonces una fuerzas
chocan con otras y el cuerpo se desintegra en el polvo original
del cual se hizo. Tú envías al hombre la enfermedad
como benéfico mensajero que anuncia el peligro que
se acerca y le urges a que lo evite. Tú has bendecido
la tierra, las montañas y las aguas con sustancias
curativas, que permiten a tus criaturas aliviar sus sufrimientos
y curar sus enfermedades. Tú has dotado al hombre de
sabiduría para aliviar el dolor de su hermano, para
diagnosticar sus enfermedades, para extraer las sustancias
curativas, para descubrir sus efectos y para prepararlas y
aplicarlas como mejor convenga en cada enfermedad. En Tu eterna
Providencia, Tú me has elegido para velar sobre la
vida y la salud de Tus criaturas. Estoy ahora preparado para
dedicarme a los deberes de mi profesión. Apóyame,
Dios Todopoderoso, en este gran trabajo para que haga bien
a los hombres, pues sin Tu ayuda nada de lo que haga tendrá
éxito. Inspírame un gran amor a mi arte y a
Tus criaturas. No permitas que la sed de ganancias o que la
ambición de renombre y admiración echen a perder
mi trabajo, pues son enemigas de la verdad y del amor a la
humanidad y pueden desviarme del noble deber de atender al
bienestar de Tus criaturas. Da vigor a mi cuerpo y a mi espíritu,
a fin de que esté siempre dispuestos a ayudar con buen
ánimo al pobre y al rico, al malo y al bueno, al enemigo
igual que al amigo. Haz que en el que sufre yo no vea más
que al hombre. Ilumina mi mente para que reconozca lo que
se presenta a mis ojos y para que sepa discernir lo que está
ausente y escondido. Que no deje de ver lo que es visible,
pero no permitas que me arrogue el poder de inventar lo que
no existe; pues los límites del arte de preservar la
vida y la salud de Tus criaturas son tenues e indefinidos.
No permitas que me distraiga: que ningún pensamiento
extraño desvíe mi atención de la cabecera
del enfermo o perturbe mi mente en su silenciosa deliberación,
pues son grandes y complicadas las reflexiones que se necesitan
para no dañar a Tus criaturas. íDios Todopoderoso!
Concédeme que mis pacientes tengan confianza en mí
y en mi arte y sigan mis prescripciones y mi consejo. Aleja
de su lado a los charlatanes y a la multitud de los parientes
oficiosos y sabelotodos, gente cruel que con arrogancia echa
a perder los mejores propósitos de nuestro arte y a
menudo lleva a la muerte a Tus criaturas. Que los que son
más sabios quieran ayudarme y me instruyan. Haz que
de corazón les agradezca su guía, porque es
muy extenso nuestro arte. Que sean los insensatos y locos
quienes me censuren. Que el amor de la profesión me
fortalezca frente a ellos. Que yo permanezca firme y que no
me importe ni su edad, su reputación, o su honor, porque
si me rindiera a sus críticas podría dañar
a tus criaturas. Llena mi alma de delicadeza y serenidad si
algún colega de más años, orgulloso de
su mayor experiencia, quiere desplazarme, me desprecia o se
niega a enseñarme. Que eso no me haga un resentido,
porque saben cosas que yo ignoro. Que no me apene su arrogancia.
Porque aunque son ancianos, la edad avanzada no es dueña
de las pasiones. Yo espero alcanzar la vejez en esta tierra
y estar en Tu presencia, Señor Todopoderoso. Haz que
sea modesto en todo excepto en el deseo de conocer el arte
de mi profesión. No permitas que me ataque el pensamiento
de que ya sé bastante. Por el contrario, concédeme
la fuerza, la alegría y la ambición de saber
más cada día. Pues el arte es inacabable, y
la mente del hombre siempre puede crecer. En Tu eterna Providencia,
Tú me has elegido para velar sobre la vida y la salud
de Tus criaturas. Estoy ahora preparado para dedicarme a los
deberes de mi profesión. Apóyame, Dios Todopoderoso,
en este gran trabajo para que haga bien a los hombres, pues
sin Tu ayuda nada de lo que haga tendrá éxito.
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